Pasar al contenido principal
Group 3 Copy 2

El peso de las primeras impresiones

3 min

Compartir

Chicas jóvenes conversando en un parque

Este contenido se publicó originalmente en SOM Salut Mental 360º el día 12/5/2026. Puedes ver el original en este enlace.

Seguro que más de una vez te ha pasado: conoces a alguien durante unos minutos y, casi sin darte cuenta, ya te has hecho una idea de cómo es. A veces acertamos, es cierto; pero muchas otras, nos equivocamos.

Entonces, la pregunta es clara: ¿cómo se forman realmente esas primeras impresiones?

Aunque parezca un proceso automático y sencillo, lo cierto es que nuestro cerebro realiza un trabajo bastante complejo. No miramos a las personas de manera objetiva. Todos llevamos una mochila cargada de experiencias, creencias, valores y aprendizajes acumulados a lo largo de la vida, y todo ese bagaje influye —y mucho— en cómo percibimos a los demás.

Cuando conocemos a alguien nuevo, tendemos a clasificarlo rápidamente en una especie de «cajón mental»: uno nos resulta simpático, otro nos genera rechazo, este nos inspira confianza y aquel nos pone en alerta. Es nuestra forma de poner orden y dar sentido a lo que percibimos. El problema aparece cuando esos cajones son demasiado rígidos.

Nuestro cerebro utiliza lo que la psicología denomina esquemas mentales, que podríamos imaginar como carpetas donde guardamos recuerdos y experiencias similares. El riesgo está en que, con muy poca información, empezamos a rellenar los huecos con suposiciones. Nos montamos una historia que parece muy real, aunque no siempre sea correcta.

 

De hecho, como bien afirma el dicho popular: «No hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión». Y algo de verdad tiene. Cuando alguien nos cae bien desde el principio, tendemos a atribuirle más cualidades positivas: pensamos que es más inteligente, más honesto o más competente, incluso sin tener pruebas reales de ello. A esto se le conoce como efecto halo, y puede llevarnos a confiar en quien no deberíamos o a tomar decisiones equivocadas.

Pero si hay algo especialmente dañino es poner etiquetas. Etiquetar a alguien como «problemático», «conflictivo» o «mentiroso» no es un acto inocente. Esa etiqueta condiciona cómo nos relacionamos con esa persona y también cómo la verán los demás. Incluso antes de conocerla, ya partimos de un prejuicio. Este fenómeno se llama sesgo de anclaje y es sumamente difícil de romper una vez se pone en marcha.

Entonces, ¿qué podemos hacer para no caer en esta trampa?

Para empezar, es importante alejarnos de entornos claramente tóxicos, pero el cambio real empieza por mirar hacia dentro. Debemos evitar hablar mal de los demás, fijarnos más en los hechos que en los rumores y tratar de ser más justos en nuestras valoraciones.

Desde la salud mental, conviene recordar algo fundamental: las palabras tienen un impacto emocional profundo. 

Un comentario dicho sin pensar puede generar dolor, rechazo o exclusión. Antes de hablar mal de alguien, es de gran ayuda pararse un segundo y preguntarse:

  • ¿Tengo información suficiente?
  • ¿Estoy hablando de hechos o solo de mi interpretación?
  • ¿Qué efecto puede tener lo que voy a decir en la otra persona?

Cuidar cómo hablamos de los demás también es cuidarnos a nosotros mismos. Nos ayuda a desarrollar una mirada más equilibrada, más humana y más empática.

Para terminar, te propongo un pequeño ejercicio: imagina que eres tú quien recibe una etiqueta injusta. Conectar con ese malestar nos recuerda lo fácil que es hacer daño sin darnos cuenta. Elegir no etiquetar, escuchar antes de juzgar y dar tiempo a las personas es una forma sencilla —y muy poderosa— de proteger la salud mental propia y la de quienes nos rodean.

Dra. Antonia Pades Jiménez