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Crecer, cuidarnos y sostenernos en comunidad

4 min

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Tres amigas abrazadas

Este contenido se publicó originalmente en SOM Salut Mental 360º el día 2/2/2026. Puedes ver el original en este enlace.

En los últimos años, la palabra resiliencia ha entrado con fuerza en el lenguaje cotidiano. A menudo se utiliza para hablar de fortaleza, superación o capacidad de aguantar y batallar frente a las dificultades. Pero esa mirada puede ser engañosa e incluso injusta. La resiliencia no es aguantarlo todo, ni salir adelante en solitario, ni pensar en positivo de forma forzada o ingenua. Tampoco es ausencia de sufrimiento ni invulnerabilidad emocional.

Desde una perspectiva de promoción de la salud y de los cuidados, la resiliencia es la capacidad humana de afrontar las adversidades, adaptarnos a los cambios, aprender de lo que vivimos y rehacernos, recuperarnos e incluso transformarnos. Y, sobre todo, es un proceso que no depende sólo de la persona de forma individual, sino también del contexto y de las relaciones que nos rodean.

 

Resiliencia individual, familiar y comunitaria

Una forma sencilla de entender la resiliencia es a través de la metáfora de la semilla. Cada niño, niña y adolescente, y también cada persona adulta, es como una semilla con un potencial único. Pero ninguna semilla prospera sola. Su crecimiento depende del suelo, del agua, de la luz, del clima y de los cuidados que recibe, entre otros factores.

La resiliencia es un proceso que no depende sólo de la persona de forma individual, sino también del contexto y de las relaciones que nos rodean.

De la misma manera, el desarrollo saludable de las personas no es una responsabilidad individual exclusiva, sino una responsabilidad compartida entre la familia, el centro educativo, la comunidad, los servicios sanitarios, los agentes socioeducativos y las instituciones. Cuando una sociedad prioriza los cuidados y la educación –con la sanidad y la educación como pilares– crea las condiciones para que todas las semillas puedan crecer: vínculos seguros, tiempo, atención, recursos y apoyo.

Por eso hablamos de resiliencia sistémica: individual, familiar y comunitaria. Las personas no nos desarrollamos de forma aislada, lo hacemos dentro de sistemas que nos influyen y que también podemos transformar.

¿Qué significa ser resiliente en el día a día?

Ser resiliente no significa resistirlo todo de forma inmutable, evitar el malestar ni negar las emociones difíciles o intensas. Por el contrario, implica sabernos regular cuando vivimos situaciones de estrés o presión: identificar qué sentimos, reconocerlo en el cuerpo, en los pensamientos y en el estado de ánimo, y buscar formas saludables de expresarlo. Regular no es suprimir; es darnos tiempo y espacio, comprender y decidir cómo queremos responder.

La resiliencia también implica adaptarnos a los cambios, ser flexibles y creativos, poner en marcha estrategias diferentes según el momento y utilizar los recursos externos disponibles. Esto incluye pedir ayuda, un gesto que lejos de ser una señal de debilidad es una habilidad clave para la salud emocional, pero también compartir lo que nos ocurre o dejarnos acompañar forma parte de la resiliencia. Ser resiliente tampoco significa adaptarnos a cualquier situación ni aceptarlo todo. Hay circunstancias, relaciones o contextos que no son saludables ni justos, y ante ellos la resiliencia también pasa por saber poner límites y protegernos. Adaptarnos no es claudicar: no todo vale en la vida, y cuidarnos implica discernir qué podemos sostener y qué no, y actuar en consecuencia.

Pedir ayuda es una habilidad clave para la salud emocional, pero también compartir lo que nos ocurre o dejarnos acompañar forma parte de la resiliencia

Además, ser resiliente significa buscar soluciones posibles ante las dificultades, responsabilizándonos de lo que está en nuestras manos y ajustando las expectativas a la realidad. Este proceso puede implicar buscar recursos en nuestro interior —las propias capacidades, estrategias y experiencias— pero también fuera, en las personas, los vínculos y los soportes disponibles en el entorno. No se trata de controlarlo todo en solitario, sino de saber gestionar la incertidumbre, tolerar los posibles malestares y sostenernos y corregularnos también en los demás.

Por último, la resiliencia implica aprender de las experiencias que vivimos, tanto de las agradables como de las difíciles, de las dificultades y de los errores. Dar significado a lo que nos ocurre nos ayuda a integrar los aprendizajes y a afrontar mejor situaciones futuras.

 

Hábitos para nutrir nuestra resiliencia

La resiliencia no aparece de repente; se construye con el tiempo, en red y con pequeñas acciones cotidianas, como:

  • Tener hábitos saludables: descansar, mover el cuerpo, alimentarnos bien y tener rutinas nos da una base primaria y segura de regulación.
  • Cultivar relaciones de apoyo: los vínculos seguros y de confianza son un factor protector clave.
  • Reconocer límites y fortalezas: no podemos con todo pero sí con muchas cosas si nos conocemos.
  • Dedicar espacios al presente: prácticas que ayuden a calmarnos y a disfrutar por el hecho de hacerlas (respiración, andar, escribir, mindfulness ).
  • Validarnos: lo que sentimos tiene un sentido; debemos escucharnos, sin excusas ni juicios.

Apostar por una sociedad de los cuidados, que valore la educación, la salud y los vínculos, es apostar por el bienestar colectivo.

Un ejercicio práctico: el mapa de la resiliencia

Te proponemos un ejercicio sencillo para tomar conciencia de tus propios recursos internos y externos .

Dibuja tres círculos y escribe dentro de cada uno:

  • Yo tengo: personas, espacios y recursos externos que me apoyan y promueven mi resiliencia (familia, amistades, profesionales, comunidad…).
  • Yo soy: cualidades personales que me definen y que he desarrollado y trabajado a lo largo del tiempo (perseverante, empática, creativa, con sentido del humor…).
  • Yo puedo: estrategias y habilidades que utilizo para afrontar las dificultades o problemas (hablar con alguien, hacer ejercicio, escribir, respirar conscientemente…).

Este mapa te puede servir como recordatorio en momentos difíciles. A menudo tenemos más recursos de los que pensamos, pero necesitamos detenernos y reflexionar sobre ellos para reconocerlos.

 

Una mirada colectiva

La resiliencia protege nuestra salud. Pero esto no es sólo una tarea personal. Cuando nos cuidamos, nos cuidan y cuidamos el entorno, florecen las personas. Apostar por una sociedad de los cuidados, que valore la educación, la salud y los vínculos, es apostar por el bienestar colectivo. El desarrollo de cada niño, adolescente y de cada persona es un proyecto compartido. Y cuando florecen las personas, florece también la comunidad.

Dra. Clara Serra Arumí, Equipo Henka