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Autocompasión: cultivar una mirada amable hacia uno mismo tiene un efecto expansivo hacia los demás

7 min

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Abrazo entre dos personas

Estos días se habla mucho de la compasión. Y es emocionante, porque significa que algo se está moviendo en nuestro mundo interior y colectivo. No deja de ser un fenómeno curioso, ya que el término compasión sonaba algo arcaico y parecía destinado a caer en desuso. Pero, desde hace ya algunos años, ha ido tomando un nuevo significado y alejándose de la antigua connotación judeocristiana que ha moldeado nuestra cultura durante siglos.

En esa antigua visión, la compasión se confundía con lástima, situando a la “persona compasiva” en un lugar de superioridad moral sobre “el que sufre”. Se entendía como una especie de piedad distante, como un gesto desde arriba hacia abajo. Sin embargo, en su origen —y como todavía se conserva en la tradición anglosajona, de la que estamos tan impregnados—, compasión viene del latín com (‘con’) y pati (‘sufrir’), de modo que compasión significa “sufrir con”. Nada más y nada menos.

No significa salvar a nadie, ni resolverle la vida al otro, ni situarse por encima. Significa estar con el otro en lo que duele, permanecer junto a su experiencia sin huir, sin imponer, sin juzgar. La verdadera compasión nos recoloca en un lugar precioso y revolucionario: el de nuestra humanidad compartida. Cuando alguien sufre, podemos sentir su sufrimiento porque conocemos ese territorio.

Todas y todos, en algún momento, hemos necesitado que alguien nos diera la mano para atravesar ciertos paisajes difíciles. Y, en medio de tanto dolor, la mano del otro —su presencia compasiva como punto de apoyo— tiene sentido. Es conexión. Es esperanza. La humanidad compartida no es sentimentalismo: es el acto de atrevernos a tomar conciencia, aunque sea por un instante, de que “yo podría ser tú”. Nos recuerda que todos anhelamos lo mismo: estar bien, sentirnos a salvo, saber que no estamos solos; sentirnos aceptados, comprendidos y tenidos en cuenta, hasta tocar tierra firme otra vez.

Sin embargo, practicar la compasión no significa fusionarnos con el dolor del otro. Si nos perdemos en su sufrimiento, dejamos de ser de ayuda, dejamos de ser apoyo. Por otro lado, si ofrecemos compasión desde el sacrificio, sin límites y sin autocuidado, no estamos practicando la verdadera compasión, ya que no tenernos en cuenta a nosotros mismos —nuestras necesidades— no nos honra ni honra al otro.

Es importante ver aquí la diferencia entre empatía y compasión, ya que a veces se pueden llegar a confundir, pero no son lo mismo. La empatía es sentir lo que siente el otro, casi como si fuera propio. Se activa gracias a las neuronas espejo y es un primer paso hacia la práctica de la compasión. Pero, sin el entrenamiento adecuado, la empatía nos puede dejar agotados, sin energía. La compasión, en cambio, también es sentir con el otro, pero va más allá: surge de un deseo de aliviar, de acompañar y de “ser roca para el otro”. Por eso, lo que suele llamarse “fatiga por compasión” es, en realidad, cansancio por empatizar sin herramientas.

La compasión auténtica no desgasta: proviene de un amor consolidado en la persona que sabe sostenerse a sí misma y que, por tanto, es capaz de sostener a los demás. En este sentido, la autocompasión también está íntimamente ligada a la resiliencia, que es la capacidad de adaptación, de recuperación y de seguir adelante cuando la vida se vuelve difícil. A pesar de que, aun hoy en día, nuestra cultura parece asumir que ser resiliente consiste en ser una persona dura o que lleva sus esfuerzos al límite, cada vez más estudios confirman que ser amable con uno mismo es uno de los pilares más poderosos para desarrollar una actitud resiliente ante la vida.

En definitiva, la condición fundamental para el ejercicio de la compasión es, primero, la autocompasión: “Póngase la mascarilla de oxígeno antes de ponérsela al otro”.

El camino hacia la autocompasión

No practicamos la autocompasión para sentirnos mejor; la practicamos porque no nos sentimos bien. El cultivo de la autocompasión nos invita a hacer una pausa. Nos insta a dirigir la mirada hacia adentro y a hacernos la pregunta: ¿cómo estoy? Y, seguidamente, ¿qué necesito? Probablemente, la mayoría de las personas diría que esta práctica se acerca demasiado a lo que entendemos por “egoísmo” (otro concepto heredado de nuestra cultura judeocristiana, que va de la mano de la culpa). Pero nada más lejos de la realidad: bien entendida, la autocompasión significa haber tomado conciencia de que la relación más importante de nuestra vida es, sin duda, la que tenemos con nosotros mismos.

La investigadora experta en autocompasión Kristin Neff nos dice que existen tres vías de acceso al cultivo de la autocompasión:

  • La primera es cultivar la presencia compasiva con uno mismo. Esto significa convertirnos en observadores de nuestros propios pensamientos y emociones, sin juzgarnos, acogiéndonos tiernamente con todo lo que llevamos en nuestro interior. Explora: ¿cómo me siento?, ¿qué dicen las voces de mi mente?
  • La segunda vía consiste en reconocer nuestra humanidad compartida. Nos recordamos suavemente que el sufrimiento forma parte de la vida. El dolor aísla, nos hace sentir separados del resto, incomprendidos… cuando, en realidad, todos sufrimos. Recuerda: todos estamos aquí aprendiendo, todos nos equivocamos y todos merecemos amor y comprensión.
  • Y la tercera vía consiste en tratarnos con amabilidad: nos permitimos toda la comprensión y todo el cuidado que necesitemos. Escogemos decirnos a nosotros mismos aquello que le diríamos a una buena amiga o amigo en nuestra situación. Reflexiona: ¿qué es lo que más necesito escuchar en estos momentos?

Lo que la autocompasión NO es

No es sentir lástima hacia uno mismo ni es un posicionamiento victimista. La narrativa victimista mira hacia afuera buscando culpar; la autocompasión mira hacia dentro con honestidad y cuidado. En este sentido, la autocompasión promueve el autoconocimiento y la responsabilidad emocional. Por tanto, es lo opuesto a la indulgencia. Se trata de aprender a convivir con todas nuestras partes, con nuestras luces y sombras, desde la amabilidad: sin culpabilizar, sin avergonzar, sin juzgar… pero sin dejar de crecer.

Tampoco es “positividad tóxica”; es hacer espacio para lo humano, dar cabida a todas las contradicciones que existen en nuestro interior: confianza y miedo, grandeza e inseguridad, éxito y error. No se trata de decirnos “todo está bien”, sino de reconocer: “esto duele, y aun así me sostengo”. Cuando dejamos de identificarnos con nuestro dolor y empezamos a posicionarnos en el lugar de la presencia que somos, nos hacemos capaces de sostener ese dolor y de atendernos amablemente, desde la no reactividad.

¿Por qué a veces es tan difícil practicar la autocompasión?

La compasión tiene raíces evolutivas: dependemos del amor para sobrevivir. Durante los primeros años de nuestra vida somos seres completamente dependientes: buscamos la mirada de comprensión y de afecto en nuestros cuidadores porque eso, a su vez, nos da sentido de pertenencia. Sentimos que somos merecedores de amor y, por tanto, pertenecemos. Cuando ese amor es condicional, aprendemos a protegernos a través de la crítica interna, el perfeccionismo, la desconexión emocional o la necesidad de validación externa.

Por eso, cuando empezamos a tratarnos con amabilidad, las heridas “encapsuladas” pueden comenzar a doler. La clave es ir lentamente, siempre con suavidad. Incluso cuando no podemos tratarnos bien, podemos ofrecernos compasión por no poder hacerlo.

Dicho esto, y llegados a este punto, faltaría añadir que la autocompasión tiene dos vertientes: la autocompasión tierna y la autocompasión fiera. La primera es la parte de nosotros mismos que nos acoge, nos calma y nos abraza desde dentro. Es la que nos dice: “Te escucho, te comprendo, te acojo. Descansa, estoy contigo”.

La segunda es la parte de nosotros que sabe protegerse y que detecta cuando un límite ha sido sobrepasado. Esta parte está muy conectada con las señales que el cuerpo nos va dando y nos guía a poner límites encaminados a preservar nuestra integridad física, mental, emocional y espiritual. En otras palabras, es la guardiana de nuestra dignidad, entendida como autorrespeto. La autocompasión fiera dice: “Mis necesidades también importan”, “Decir no también es una expresión de amor”, “Priorizarme es legítimo y puedo hacerlo sin culpa”.

Un nuevo paradigma social: hacia una cultura de la compasión para todos

Como humanidad, nos encontramos en un momento histórico en el que, a pesar del caos y la incertidumbre en que vivimos, vamos transicionando lentamente de un paradigma centrado en la eficiencia, la productividad y la separación a un nuevo paradigma basado en la compasión, la interconexión y la dignidad humana.

Los movimientos sociales de las últimas décadas encierran un mensaje común y una demanda profunda cada vez más contundente: “Mírame como ser humano”. La compasión dirigida hacia uno mismo, hacia las personas de nuestro entorno y hacia la sociedad y el mundo en general aporta una nueva mirada que, a su vez, promueve una acción transformadora en la manera en que nos tratamos y tratamos al mundo.

Lo micro ejerce una influencia directa sobre lo macro. La cultura del cuidado empieza en uno mismo y se hace extensible a los demás. Desde esta perspectiva, podríamos decir que la práctica de la compasión y la autocompasión representan un compromiso ético con la vida. No estamos hablando solamente de una herramienta para la gestión emocional, sino de una forma de estar en el mundo, de un lenguaje universal.

No se me ocurre mejor manera de finalizar este artículo que con una cita de Paul Gilbert, que captura a la perfección la esencia de este concepto tan sencillo como revolucionario:

“La compasión no consiste únicamente en ser amable o suave y, ciertamente, no es una debilidad. Es una de las declaraciones de fortaleza y de humildad más importantes que pueden darse entre seres humanos. La compasión es difícil y poderosa, es contagiosa e influyente. Y, de manera crucial, quizá sea el único lenguaje universalmente reconocido con la capacidad de transformar el mundo”. Paul Gilbert

Bea Betancourt, agente de Atención Espiritual del Hospital SJD Barcelona